jueves, 2 de julio de 2009

Contra el burka


Desde el liberalismo existen dos posturas frente al burka: Una consiste en decir que el burka es una forma de opresión inadmisible ejercida por un colectivo sobre algunos de sus miembros, y otra que salvo que se demuestre esa opresión en cada caso concreto, no podemos interferir en el modo de vestir de nadie.

La segunda postura incurre en el mismo error de siempre de algunos liberales, que consiste en creer que la libertad es una idea abstracta cuya realización es posible sencillamente cambiando las leyes. Pero en absoluto es así. La libertad florece en unas condiciones culturales determinadas, que afortunadamente no son inmutables, pero tampoco fáciles de cambiar. Y del mismo modo que florece, puede marchitarse, por seguir con la metáfora botánica.

La mayoría de las sociedades no admiten que la gente pueda andar desnuda por la calle, aunque algunas de ellas toleran espacios delimitados para la práctica del nudismo. Según los liberales idealistas –al menos si quieren ser coherentes–, esta restricción a la libertad individual sería igualmente intolerable. Cierto que hay motivos de índole higiénica y sexual para prohibir el nudismo libre, pero también existen motivos prácticos (sobre todo de seguridad) para prohibir el burka.

Probad a entrar en un banco disfrazados de Batman (en un día que no sea Carnaval, se entiende), a ver qué reacción provocáis. ¿Acaso debemos admitir que determinados individuos puedan circular por espacios públicos con el rostro y el resto del cuerpo completamente ocultos? Es absurdo que por no ser acusados de etnocéntricos o xenófobos debamos tolerar en personas de otras culturas aquello que no permitimos entre nosotros. Por supuesto que no existe una ley que regule la libertad de ir vestido de Batman, pero si semejante sandez se pusiera de moda, no dudo que habría que promulgarla.

No podemos ser tolerantes con los intolerantes. La idea de que la verdad se difunde por sí sola, es una ingenuidad que se acaba pagando cara. El islamismo trata de crear guetos en Occidente en los cuales nuestra cultura penetra con muchas dificultades, y en cambio se supone que nosotros deberíamos dejar que ellos realicen proselitismo fuera de sus comunidades. ¿Y qué más? Nadie les obligó a venir a vivir entre nosotros, y si lo han hecho es porque nuestra sociedad les ofrece más oportunidades que la suya. Así que no se pueden quejar si les imponemos algunas de las normas que nosotros hemos compatibilizado perfectamente con nuestras libertades hasta ahora, sin tantos escrúpulos intelectuales. Y si no les gusta nuestra cultura, como dijo el primer ministro autraliano John Howard, en su último discurso en el cargo, que se marchen.

ACTUALIZACIÓN: Réplica de Albert Esplugas, aquí.